Si miramos hacia atrás, a lo largo de la historia encontramos arte inspirada en mitos, en leyendas, en historias, en la naturaleza, en la belleza de un hombre o mujer particular, en anécdotas, en la vida misma. Cada pequeño tema tiene sus adeptos, bellas palabras dedicadas a una flor, a la primavera, a una linda joven, a un amor no correspondido, al amor que se fué, a los amigos que se van o se celebran; pinceladas para el recuerdo, de ríos, de amores, de historias antiguas, de mitos, de movimientos; uno puede sentir el frío del invierno en las claras notas de Vivaldi, sentir el amor en los acordes, llorar amargamente con las baladas, una simple nota puede hacer vibrar lo más profundo del ser.
He leído mucho, escuchado mucho, observado mucho y sé que aún hay mucho que me falta por conocer, y aún así no creo que pueda encontrar una fuente de inspiración tan particular como la cuchara en el piso. No es fácil entender que llevó a Dalí a su tan particular método de búsqueda de inspiración para el arte, he escuchado la historia tantas veces que la creo, a pesar de no tenerlo confirmado, y es que suena tan novelesco que uno espera, quiere, desea, que sea real, y si eres de los que no saben a qué me refiero, la anécdota cuenta lo siguiente: cierta vez interrogaron a salvador Dalí sobre su método para encontrar la inspiración para las obras tan particulares que hacía, y él contestó que buscaba la inspiración dentro de sus mismos sueños, que se sentaba en una silla con una cuchara en la mano y comenzaba a dormir, y al llegar al punto del sueño profundo la cuchara caía al piso y él pintaba lo que en ése momento veía en su mente, que en ése momento era capaz de observar su subconsciente y pintar lo que había en el. Si suena surreal, pero claro que si, él pintaba surrealismo, parece una respuesta inventada a una profunda imaginación que no se podía explicar, y aún así me resulta hasta cierto punto romántica la idea de tener esa inspiración tan sólo de una cuchara en el piso.
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