sábado, 9 de noviembre de 2019

Día doce. El cuento del hada (1/?)

Matias dormía cada noche arropado por el abuelo. Comenzó cuando él era un bebé y su padre trajo a casa al abuelo, María, la madre, no había estado del todo de acuerdo desde el comienzo, el señor era un hombre grande y más que ayudar en casa les podía causar más problemas, sin embargo el estado de salud del hombre la convenció, no podía ya quedarse solo, y bastaron unas pocas semanas para que se diera cuenta de que llevarlo era la decisión correcta, no solo se encontraba más alegre y sano, sino que ayudaba en todo para con el pequeño, podría decirse que el niño se había convertido en su luz y su ilusión, pasaba las tardes con el bebé hasta que los padres llegaban del trabajo, y lo dormía siempre contándole un cuento diferente de los varios libros que tenía, y que comenzó a comprar sólamente para leer al pequeño. Y así día a día, una situación temporal se convirtió en una costumbre, en una rutina, y finalmente en la forma de vida de una familia.

Con los siete años cumplidos el pequeño le hizo una petición una noche al abuelo, quería que los dos crearan juntos una historia, que tejieran entre los dos la trama de una aventura fantástica, y fue más o menos así que comenzaron a crear juntos:

Hubo una vez un hada del bosque, vivía cerca de un claro lago donde por las noches se reflejaba la luna, los árboles cercaban el pequeño ojo de agua, de manera que el hada se sentía segura en tan hermoso lugar. 
Una tarde soleada, el hada vio a un joven apuesto adentrarse lentamente en el bosque, sin cuidar mucho el camino, como si su búsqueda se tratara encontrarse perdido. El joven vagó sin rumbo por varias horas, mientras el hada lo observaba a la distancia, curiosa, y observó con pesar cuando el joven se sentaba a la orilla de su lago, sin embargo, al darse cuenta de que sacaba algo de un bolso que llevaba al hombro su curiosidad pudo más que su temor y, lentamente, sin que el joven siquiera sospechara, se acercó lentamente por la espalda, miraba intrigada la pequeña rama que sostenía en la mano y que deslizaba sobre las hojas que tenía en un extraño envoltorio, eran hojas muy blancas, más que las de cualquier planta que hubiera visto jamás, y estaban cubiertas de alguna manera por algo que se parecía piel de algún animal. En un momento el joven levantó la vista y el hada se ocultó rápidamente tras el árbol desde el cual se asomaba. ¿le había visto, había escuchado?, sigilosamente el hada subió a la copa del árbol más grande y cercano que encontró y pasó la noche ahí, faltándole valor para volver a salir.

Día a día, o más bien, noche a noche, el abuelo y el pequeño construían lentamente la historia.

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