Con los siete años cumplidos el pequeño le hizo una petición una noche al abuelo, quería que los dos crearan juntos una historia, que tejieran entre los dos la trama de una aventura fantástica, y fue más o menos así que comenzaron a crear juntos:
Hubo una vez un hada del bosque, vivía cerca de un claro lago donde por las noches se reflejaba la luna, los árboles cercaban el pequeño ojo de agua, de manera que el hada se sentía segura en tan hermoso lugar.
Una tarde soleada, el hada vio a un joven apuesto adentrarse lentamente en el bosque, sin cuidar mucho el camino, como si su búsqueda se tratara encontrarse perdido. El joven vagó sin rumbo por varias horas, mientras el hada lo observaba a la distancia, curiosa, y observó con pesar cuando el joven se sentaba a la orilla de su lago, sin embargo, al darse cuenta de que sacaba algo de un bolso que llevaba al hombro su curiosidad pudo más que su temor y, lentamente, sin que el joven siquiera sospechara, se acercó lentamente por la espalda, miraba intrigada la pequeña rama que sostenía en la mano y que deslizaba sobre las hojas que tenía en un extraño envoltorio, eran hojas muy blancas, más que las de cualquier planta que hubiera visto jamás, y estaban cubiertas de alguna manera por algo que se parecía piel de algún animal. En un momento el joven levantó la vista y el hada se ocultó rápidamente tras el árbol desde el cual se asomaba. ¿le había visto, había escuchado?, sigilosamente el hada subió a la copa del árbol más grande y cercano que encontró y pasó la noche ahí, faltándole valor para volver a salir.
Día a día, o más bien, noche a noche, el abuelo y el pequeño construían lentamente la historia.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario